VIERNES POÉTICO 206
Francisco Gómez de Quevedo y Villegas de
Santibáñez (1580-1645) escribe el soneto que aquí se reproduce inspirando su
primer verso probablemente en Séneca (si no, ¿a quién cita cuando pone entre
corchetes «¡Ah de la vida!»?). Octavio Paz (1914-1998) escribe el poema,
que aquí también se reproduce, inspirado todo él en el poema de Quevedo.
Francisco de Quevedo escucha a Séneca y Paz escucha a Quevedo. Humildemente yo
los escucho a ambos y trato de entrar en un espacio de diálogo lleno de retos.
Sé que mis fuerzas son pocas así que no espero demasiado, aunque... ¡lo espero
todo!.
«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
-por Humberto González Galván-
A
Séneca, Quevedo, Paz.
¡Ah
de la vida parva, que no nos da sus mieles
sino
con cierto ritmo y en cierta proporción
[...]
La
muerte viene, todo será polvo
bajo
su imperio: ¡Polvo de Pericles,
polvo
de Codro, polvo de Cimón!
Balada
de la loca alegría (un fragmento)
de
Porfirio Barba Jacob (1883-1942)
«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
Te responde Paz con guerra ¿que no lo
escuchas?
Desde mi laberinto también te contesto
ahora
con palabras que son lanzas y que hieren
como yemas de amante que no llega, ¿no lo
escuchas?
Trepita el cielo y se astilla si desnudos
se encuentran dos que se quieren. Son dos
espejos,
hablan. Se reconocen rincones en una misma
casa.
Son solo un único cuerpo que se quema. Se
abrazan,
con besos difuminan el tiempo. La luna
tiembla,
gime la noche con ellos, el río se calla.
Ayer, antier y mañana se vuelven nunca.
Siempre y nunca son lo mismo cuando están
juntos.
Ni siquiera el instante relampaguea.
Te responden Francisco los pájaros en la
aurora.
Con su canto te responden y te responde la
aurora.
La muerte no les alcanza ni a ti tampoco,
¿escuchas?...
Represéntase la brevedad de lo que se vive
y cuán nada parece lo que se vivió
(de sus Poemas Metafísicos)
-por Francisco de Quevedo-
«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Respuesta y reconciliación
Diálogo con Francisco de Quevedo
-por Octavio Paz-
I
¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
Rodaron sus palabras, relámpagos grabados
en años que eran rocas y hoy son niebla.
La vida no responde nunca.
No tiene orejas, no nos oye;
No nos habla, no tiene lengua.
No pasa ni se queda:
Somos nosotros los que hablamos,
Somos los que pasamos
Mientras oímos de eco en eco y de año en
año
Rodar nuestras palabras por un túnel sin
fin.
Lo que llamamos vida
En nosotros se oye, habla con nuestra
lengua
Y por nosotros sabe de sí misma.
Al retratarla, somos su espejo, la
inventamos.
Invento de un invento, ella nos hizo
Sin saber lo que hacía,
Somos un acaso pensante.
Criatura de reflejos,
Creada por nosotros al pensarla,
En ficticios abismos se despeña.
Profundidades, transparencias
Donde flota o se hunde, no la vida: su
idea.
Siempre está en otro lado y siempre es
otra,
Tiene mil cuerpos y ninguno,
Jamás se mueve y nunca se detiene,
Nace para morir y al morir nace.
¿La vida es inmortal? No le preguntes
pues ni siquiera sabe que es la vida.
Nosotros lo sabemos:
Ella también ha de morir un día
Y volverá al comienzo, la inercia del principio.
Fin del ayer, del hoy y del mañana,
Disipación del tiempo
Y de la nada, su reverso.
Después -¿habrá un después,
Encenderá la chispa primigenia
La matriz de los mundos,
Perpetuo recomienzo del girar insensato?
Nadie responde, nadie sabe.
Sabemos que vivir es devivirse.
II
Violenta primavera, muchacha que despierta
En una cama verde guardada por espinas;
Árbol del mediodía cargado de naranjas:
Tus diminutos soles, frutos de lumbre
fresca,
En cestas transparentes los recoge el
verano;
El otoño es severo, su luz fría
Afila su navaja contra los arces rojos;
Eneros y febreros: sus barbas son de yelo
Y sus ojos zafiros que el mes de abril
licua;
La ola que se alza, la ola que se tiende,
Apariciones-desapariciones
En la carrera circular del año.
Todo lo que miramos, todo lo que
olvidamos,
El arpa de la lluvia, la rúbrica del rayo,
El pensamiento rápido, reflejo vuelto
pájaro,
Las dudas del sendero entre meandros,
Los aullidos del viento
Taladrando la frente de los montes,
La luna de puntitas sobre el lago,
Hálitos de jardines, palpitación nocturna,
En el quemado páramo campamento de
estrellas,
Combate de reflejos en la blanca salina,
La fuente y su monólogo,
El respirar pausado de la noche tendida
Y el río que la enlaza, bajo el lucero el
pino
Y sobre el mar las olas, estatuas
instantáneas,
La manada de nubes que el viento pastorea
Por valles soñolientos, los picos, los
abismos,
Tiempo hecho rocas, eras congeladas,
Tiempo hacedor de rosas y plutonio,
Tiempo que hace mientras se deshace.
La hormiga, el elefante, la araña, el
cordero,
Extraño mundo nuestro de criaturas
terrestres
Que nacen, comen, matan, duermen, juegan,
copulan
Y oscuramente saben que se mueren;
Mundo nuestro del hombre, ajeno y prójimo,
El animal con ojos en las manos
Que perfora el pasado y escudriña el
futuro,
Con sus historias y sus vicisitudes:
El éxtasis del santo, la argucia del
malvado,
Los amantes, sus júbilos, encuentros y
discordias,
El insomnio del viejo contando sus
errores,
El criminal y el justo: doble enigma,
El Padre de los pueblos, sus parques
crematorios,
Sus montes de patíbulos y obeliscos de
cráneos,
Los victoriosos y los derrotados,
Las largas agonías y el instante dichoso,
El constructor de casas y aquel que las
destruye,
Este papel que escribo letra a letra
Y que recorres tú con ojos distraídos,
Todos y todas, todo,
Es hechura del tiempo que comienza y se
acaba
III
Del nacer al morir el tiempo nos encierra
Entre sus muros intangibles.
Caemos con los siglos, los años, los
minutos.
¿Sólo es caída el tiempo, sólo es muro?
Por un instante, a veces, vemos
-no con los ojos: con el pensamiento-
al tiempo reposar en una pausa.
El mundo se entreabre y vislumbramos
El reino inmaculado,
Las formas puras, las presencias
Inmóviles flotando
Sobre la hora, río detenido:
La verdad, la hermosura, los números, la
idea
-y la bondad, palabra desterrada
en nuestro siglo.
Instante sin duración ni peso,
Instante fuera del instante:
El pensamiento ve, los ojos piensan.
Los triángulos, los cubos, la esfera, la
pirámide
Y las otras figuras de la geometría,
Pensadas y trazadas por miradas mortales
Pero que están allí antes del principio,
Son, ya legible, el mundo, su secreta
escritura,
La razón y el origen del girar de las
cosas
El eje de los cambios, fijeza sin sustento
que por sí misma reposa, realidad sin sombra.
El poema, la música, el teorema,
Presencias impolutas nacidas del vacío,
Edificios ingrávidos
Sobre un abismo construidos:
En sus formas finitas caben los infinitos,
Su oculta simetría rige también el caos.
Puesto que lo sabemos, no somos un acaso:
El azar, redimido, vuelve al orden.
Atado al suelo y a la hora,
Éter ligero que no pesa,
Soporta el pensamiento los mundos y su
peso,
Torbellinos de soles convertidos
En puñado de signos
Sobre un papel cualquiera.
Enjambres giratorios
De transparentes evidencias
Donde los ojos del entendimiento
Beben un agua simple como el agua.
Rima consigo mismo el universo,
Se desdobla y es dos y es muchos
Sin dejar de ser uno.
El movimiento, río que recorre sin
término,
Con los ojos abiertos, los paisajes del
vértigo
-no hay arriba ni abajo, lo que está cerca
es lejos-
a sí mismo regresa
-sin regresar, ya vuelto
surtidor de quietud.
Árbol de sangre, el hombre siente, piensa,
florece
Y da frutos insólitos: palabras.
Se enlazan lo sentido y lo pensado,
Tocamos las ideas: son cuerpos y son
números.
Y mientras digo lo que digo
Caen vertiginoso, sin descanso,
El tiempo y el espacio. Caen en ellos
mismos.
El hombre y la galaxia regresan al
silencio.
¿Importa? Sí –pero no importa:
sabemos ya que es música el silencio
y somos un acorde del concierto.
México, a 20 de abril de 1996.